Nota roja

Abril 18, 2009

En el bolsillo derecho de su pantalón, encontraron una moneda de cinco pesos -supongo que la usaría para pagar el camión de regreso a casa- y una nota ensangrentada. Pero contar las cosas así es poner el coche delante de los caballos. Empecemos de nuevo: Juan murió a los 17 años, la tarde de un 13 febrero, mientras bandas rivales se agredían con fuego de AK-47. Juan ocupaba sus tardes en el Club Literario de su preparatoria. Sabido es que en esta clase de clubes sólo se inscriben muchachos tímidos y muchachas obesas que mediante la creación literaria intentan sublimar el dolor que les genera su timidez o su obesidad. Sabido es. Juan estaba enamorado de Melissa. Por lo que respecta a las glándulas mamarias y a las asentaderas, la pubertad había sido la mar de generosa con Melissa. Melissa nunca hubiera intimado con Juan por los siguientes motivos: a) no tenía automóvil, b) decía chistes que no entendía y c) ella ocupaba, por esos días, sus tardes en el descubrimiento de la genitalidad con su novio Edelmiro. La noche del 12 de febrero Juan decidió escribirle un poema a Melissa y entregárselo el 14 del mismo mes. El día 13, día de su muerte, Juan compartió el texto con sus compañeras del Club Literario. Ellas, con envidia, desearon ser Melissa. Al terminar la reunión, Juan caminó a la parada del autobús. El resto lo han tenido a bien informar los periódicos en la nota roja. Yo me ocupo de la otra nota roja, de la que encontraron ensangrentada en el bolsillo derecho de su pantalón, una nota casi totalmente ilegible. Pienso en Juan y creo que el Destino, en su implacabilidad, tuvo un guiño de ternura hacia él. Imagino a Melissa riéndose del poema de Juan. Imagino a Melissa contándole burlonamente la historia a Edelmiro. Imagino a Edelmiro rompiendo el poema. Y entre la basura, puedo leer el último verso, el único que la sangre coagulada no mancilló y que Melissa no hubiera entendido, aquel que dice te amo más que a las esdrújulas.


Anónimo contra feminista

Abril 18, 2009

Porque amo la Verdad, me permito revelarle al mundo tu biografía intelectual. El lector merece conocer tus antecedentes. Estudiábamos filosofía en una universidad donde los profesores hablaban de Kierkegaard enfundados en botas vaqueras. Fue entonces cuando nos hicimos novios. La palabra te era odiosa, demasiado pequeñoburguesa. Yo soñaba en conciliar la filosofía del ser con la filosofía de la conciencia. Tú te intoxicabas con marihuana -esto me lo dijo una amiga tuya años después- y con autores franceses o afrancesados, que es peor. Yo acabé enseñando filosofía en una preparatoria pública, divagando entre silogismos aburridos; tú doctorándote en estudios de género, sonriendo en fotografías al lado de Marta Lamas, condenando al Papa en turno y las sandeces sobre el condón que fue a decir al África, siendo la reina de las ONGs feministas, publicando el odioso libro de bioética que ayer vi en un estante de librería. Releo el prólogo y no dejo de reírme de la odisea intelectual que ahí refieres: de tu escapatoria de una niñez católica, fascista y medieval, de las horas que pasaste meditando sobre la otredad, el cuerpo y el libre albedrío. Y recuerdo aquella tarde que quisiste que pasáramos viendo películas en tu casa, porque te daba vergüenza que el mundo te viera con una espinilla inmensa en la frente. De súbito te hartaste. Fuíste al baño, te viste en el espejo. Apretaste la espinilla con tus dedos. Regresaste a la sala y me dijiste señalándome tu frente enrojecida y sanguinolenta: ¡ves! así es como las mujeres ejercemos el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Y un ¡eureka! retumbó en tu mente. Y desde entonces, el rol que un día ejerció el Clearasil en tu piel, comenzó a ejercerlo el espermicida en tu teoría sobre los derechos reproductivos de la mujer. El espermicida que, por cierto, un día te falló y te forzó a eliminar una espinilla de un kilogramo de tu vientre. Tu verdadero itinerario intelectual: de tu lucha de veinteañera contra el acné a tu lucha en pro del aborto, ya bien entrados tus treinta. Esto se lo revelo al mundo porque amo la Verdad, sí, pero también porque te odio.


La edad de las ilusiones

Abril 18, 2009

A los quince años no les pidió a sus padres una fiesta cursí. A los quince años, atormentada por el espejo, les exigió una cirugía que corrigiera su nariz aguileña. Sus padres, conscientes de su culpabilidad en el asunto, decidieron mentirle a la compañía de seguros. El golpe de una espectral pelota de baloncesto teniendo consecuencias en el mundo físico. El accidente que nunca ocurrió. O si ocurrió fue varios años antes, cuando un óvulo resultó fecundado por un espermatozoide portador de geometrías indignadas. Las vendas, los moretones, la extrañeza inicial de tener un nuevo rostro, la timidez arrumbada. Los chicos merodeando. La primera eyaculación. Un burócrata estampando unos documentos, aprobándolos: ensalzada sea la pericia del cirujano. El primer güey, qué buenas estás después del orgasmo que él tuvo, pero ella no, fue un pase a la siguiente ventanilla. Si hubiera leído a Nietzsche hubiera podido decir: ¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Venga otra vez!. Pronto se acostumbró a los moteles y al olor de los químicos con que en ellos se simula la limpieza. Años después tuvo una hija. Cuando cumplió dos años, la nariz infame se anunció en su rostro. Las clases de Biología en la secundaria, Mendel y sus chícharos. Cuando su hija cumple quince años, ella le niega una fiesta cursí. Con su marido, le miente a la compañía de seguros. Otra espectral pelota de baloncesto, cosas que pasan. Su hija, como ella, tampoco leerá a Nietzsche, pero cuando imagino aquel motel, las sábanas viscosas, algo de verdad encuentro en aquello del eterno retorno.


De un largo domingo vacío

Abril 10, 2009

Cosas del fin de semana: que no tengo nada que hacer una tarde de domingo, que me pongo en actitud contemplativa –forma chic de decir que estoy aburrido- y, de súbito, me observo a mí mismo a la distancia, con la actitud crítica con la que observo a mi pez beta arrancarle la cola a mi pez guppy. En pleno furor introspectivo, pienso que pienso. Me digo: oh, es el inicio de mi carrera filosófica, adiós a los estados de resultados y al cochino dinero, mi apellido entre Dawkins –y su horrible tratado en contra de Dios- y las complicadas piruetas mentales de Dilthey… ¡Oh, son tan fascinantes los procesos bioquímicos a los que llamamos conciencia! ¡Oh, la otredad! ¡Oh, los bienpensantes que escriben en La Jornada, cómo los quiero! Es en esta parte cuando comienzo a sospechar que mi vocación filosófica en ciernes tiene más que ver con la sinusitis que impide la adecuada oxigenación de mi cerebro que con mi amor a la sabiduría… Y luego, el IPod. Y luego, mi dedo que lo prende. Y luego, Britney Spears cantando Oops, I did it again!. Y yo perplejo de que una canción suya haya llegado a mi IPod. ¿En qué estado espiritual me tuve que haber encontrado para bajar una canción de la Britney? Sumido en estas reflexiones, ni cuenta me di del momento en que mis inquietudes filosóficas salieron por la puerta trasera.


Una breve teoría del buffet

Abril 3, 2009

Los mexicanos amamos los restoranes buffet. Este post pretende iluminar este aspecto de la mexicanidad desairado por José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Samuel Ramos. ¿Por qué amamos los restoranes buffet? Antes de intentar contestar esta pregunta quisiera hacer unas precisiones metodológicas. Repudio aquella forma de razonar que intenta captar las características de un pueblo abundando en generalizaciones simplonas del estilo los ingleses son muy cultos: todos van leyendo en el Metro… El hecho de que vayan hojeando el Daily Mirror no parece importarles a estos conspicuos émulos de Marco Polo. Repudio también ese vicio propio de colegialas en algún programa de intercambio que consiste en extraer de datos mínimos –datos que sólo tienen relevancia anecdótica- toda una teoría del país que están visitando. En alguna ocasión, por ejemplo, conocí a una mozuela que del sois y el vosotros elaboró toda una vasta teoría de la decadencia del Imperio Español, del radicalismo islámico y el 11-M, de la geometría de los cachetes de la Duquesa de Alba… Mi razonar, en cambio, se basa en Octavio Paz, en su lúcido análisis del verbo chingar. Se nutre también de los relatos de mis compañeros de escuela suspirando por ir a El Paso, Texas y comer en el Golden Corral o en algún sórdido buffet chino, de mi deambular gastronómico por los suburbios estadounidenses topándome con mexicanos –con visa o sin visa- en esta clase de establecimientos. ¿Qué busca realmente el mexicano comiendo en un restorán buffet? ¿El deleite del paladar a un precio módico? ¿Medir la capacidad de expansión de su estómago? ¡No, señores! El máximo placer que nos proporciona un buffet es el de hacernos sentir que nos estamos chingando al dueño del lugar, que nuestra comilona lo va a llevar a la bancarrota. Nos hace sentirnos muy listos, muy vivos, muy chingones. Con aire ufano nos decimos ah, qué chinos tan pendejos: cobrar tan poco por todo lo que comí, de veras que qué güeyes. Ignoramos en esos momentos de éxtasis y cinturones desabrochados a la economía y sus leyes que nos dicen que de no ser rentables los restoranes buffet no existirían sobre la faz de la Tierra. Es nuestro gusto por los restoranes buffet una muestra de nuestro espíritu plebeyo y ramplón, una prueba de la rebelión de las masas que tanto consternó a Ortega y Gasset, del resentimiento como base de la moral burguesa como bien sentenció Max Scheler… Comer en un restorán buffet es darle un voto de confianza a la dictadura de los nacos –tan temible como la dictadura del relativismo denunciada por Benedicto XVI- que nos tiene sumidos en el subdesarrollo y al borde de no clasificar a la Copa del Mundo del 2010…


Banquetas

Noviembre 25, 2008

Extraño caminar por las banquetas de mi barrio, ir por el lado de la sombra -como diría Bioy Casares- en un día caluroso. Insisto: la ausencia de aceras me tiene un tanto nostálgico. Algo hay de absurdo en una ciudad sin banquetas. Algo hay de absurdo en que los señores de las SUVs sean los amos del presente. Joder, que es más bonito caminar al lado de mi güera que traerla de copiloto… La independencia del petróleo extranjero que tanto anhelan los Estados Unidos tiene más que ver con la infraestructura peatonal que con la democratización -por las armas, claro está- del Medio Oriente, con millonarias inversiones en biocombustibles, automóviles híbridos, plantas de hidrógeno… Leo en un blog ilustre la opinión de Enrique Peñalosa, exalcalde de Bogotá: al construir una buena banqueta estás construyendo democracia, una banqueta es un símbolo de igualdad. Al construir un buen freeway estás construyendo plutocracia, un freeway es un símbolo de desigualdad. Esto lo digo yo.


Sin título

Septiembre 28, 2008

Estacionaste el auto con prisa, con descuido. En una calle sin pavimentar, entre bodegas perpetuamente en venta, el asunto no tiene mayor importancia. Con esfuerzo abriste la puerta metálica. El óxido manchando tus manos, las trabajosas bisagras moviéndose, el ruido ofendiendo tus oídos. El intestino. Cagarse de miedo. Entendiste a cabalidad el significado de la frase. Buscaste el baño entre enormes cajas de cartón, entre polvo y mierda de rata. Caminaste con pasos cortos, titubeantes. El baño por fin ante tus ojos. Papel sanitario. Jabón en el lavabo. Una pequeña burbuja. Te bajaste los pantalones. Tus nalgas de un blanco Ideal Standard. La tibieza de la taza. Te lo dijimos, Alfonso: no te acerques a ella, es una puta, todo el mundo lo sabe, recuerdas al güey ese, sí, al que dicen que es dealer, sí, el que le vende pastillas a tus conocidos yuppies de la universidad, sí, al que no se cansó de coger con Mariela Villalba, con tu Mariela Villalba. Te lo dijimos, Alfonso, y entonces lo recordaste. El óxido de tus manos ahora en tus calzones. La tibieza de la taza. El jabón se afana, pero no deja limpias tus manos. ¿Es el agua que aun gotea de la llave o son tus nervios o realmente son los pasos de alguien eso que escuchas con estupor? ¿La tibieza de la taza? Concluiste que alguien había cagado en ese lugar hacía menos de 15 minutos. En realidad habían sido 17, Abres la puerta. Te lo dijimos, es una puta, todo el mundo lo sabe. Una bala te encuentra entre enormes cajas de cartón, entre polvo y mierda de rata. Tus manos con óxido, tus calzones con óxido, todo tu cuerpo en el suelo, entre polvo y mierda de rata, tu sangre manando tímidamente, pero sin pausa. Y tu cabeza llena de plomo y de silencio. Te lo dijimos, Alfonso.


Teólogos y poetas

Septiembre 28, 2008

La poesía es el mejor lenguaje del amor. Y Dios es amor. El mejor lenguaje para hablar de Dios es la poesía. Un lenguaje profundo que ve el mundo y ve la relación con el otro desde una dimensión y una hondura que el concepto no ofrece. Aunque no escribamos poesía, la teología misma debe ser siempre una carta de amor a Dios, a la Iglesia y al pueblo que servimos. 

Gustavo Gutiérrez


De vuelta

Agosto 10, 2008

y aún sueño que pisa la hierba,
caminando espectral entre el rocío
atravesado por mi canto alegre

 William Butler Yeats

Estabas pasando de un sueño a otro cuando la azafata te despertó ordenándote que pusieras tu asiento en posición vertical. Siempre te ha caído mal que te despierten. ¿Qué remedio? El aeropuerto a los lejos. El aeropuerto ya no tan lejos. El inminente aeropuerto. Las llantas de los trenes de aterrizaje besando la pista un poco húmeda por la lluvia. Algunas acrobacias para rescatar tu equipaje. Encontrar tu pasaporte. Mostrar tu pasaporte. El frío de la madrugada. Una calidez creciendo en tu interior. Las calles tantas veces anheladas. Las calles con nombres de ríos y que son ríos. Una casa común en un barrio común. Una anciana viendo llover, sola en su habitación, acariciando sus fantasmas. ¿No descubriste entonces lo que era la poesía? Otras ancianas encienden sus anafres. Te llega un olor vulgar a comida vulgar y te preguntas cómo diablos puede ser que haya muchachas ésnobs a las que este mundo no les sepa a nada. La gente habla con un acento del que siempre te has mofado. Las minuciosas descripciones de tus padres acerca de esta plaza, de aquel parque, de ese edificio que era un cine y que hoy es un estacionamiento. La ciudad más caótica del mundo es a tus ojos la ciudad más bella del mundo. El taxi se detiene, pagas y te bajas y con una felicidad profunda, suavecita, te das cuenta de lo que es la Patria.


Huellas en la nieve

Mayo 18, 2008

Y desde entonces la eternidad

me dio un gastado vocabulario muy breve:

“ausencia”, “olvido”, “desamor”, “lejanía”.

Y nunca más, nunca más, nunca, nunca.

 

José Emilio Pacheco

 

Desde hacía rato esperaba el momento para hablar. Llegados a cierta edad todos esperamos el momento para hablar, para hablar acerca del pasado. Los niños son para los ancianos juguetonas advertencias de que el tiempo está por terminarse y, a su vez, un público inerme y dócil a la elocuencia que dan los años. Finalmente sus nietos habían decidido apagar el televisor -el siguiente programa era malo- y ahora –qué remedio- tendrían que escuchar las historias de la abuela sobre el abuelo, historias cuyo carácter épico sólo ella, para su desconcierto, a veces para su enojo, podía percibir. Afuera la nieve caí con una lentitud anormal, como si las leyes de Newton estuvieron haciendo su trabajo a regañadientes. Un sol de poco voltaje tímidamente hacía notar que eran las tres de la tarde. Y la abuela comenzó a hablar. Se sumió en el sillón, hurgó en sus recuerdos, y comenzó a hablar. Sus nietos más pequeños escucharon con candoroso entusiasmo. El nieto mayor, ya cercano a la adolescencia, gustaba de comparar las distintas versiones del mismo relato, de coleccionar discrepancias entre uno y otro y de concluir que la abuela cada día estaba más orate. La abuela contó la historia de aquella vez que el abuelo tenía que ir a una ciudad allende a los Pirineos, de que el viaje tomaba en condiciones normales cinco horas pero que treinta centímetros de nieve duplicaron el tiempo del trayecto, que la nieve caí con una velocidad anormal, como si las leyes de Newton estuvieran haciendo su trabajo con fanática resolución. El mayor de los nietos alzó una de las cejas, aturdido por la novedad de aquella historia. Pensó: vaya, ésta nunca la había contado. La abuela se percató del mismo hecho. Abruptamente cesó su narración. Abandonó la molicie del sillón y miró por la ventana como quien espera la llegada de alguién. El personaje de aquella historia no había sido su esposo, aquello le había ocurrido a otro que en su día fue entrañable y ella, torpemente, se lo había contado a sus nietos. Con tristeza reflexionó que hay mucho de imaginación en la memoria, que en ella se funden nombres propios y circunstancias, que realmente nunca sabemos quiénes somos porque esto implica el conocimiento de quiénes fuimos y para ello únicamente contamos con la autobiografía que reescribimos todos los días, secretamente. Estas conclusiones no la salvaron de la nostalgia. Llegados a cierta edad corremos el peligro de oxidarnos en la humedad de la nostalgia. Iluminada por una luz difusa, bella y espectral al mismo tiempo, permaneció mirando por la ventana unos minutos más, los suficientes para ver como un súbito vendaval borraba unas huellas en la nieve.